De la anarquía al imperio y de vuelta

En su libro Cabalgar el tigre, el difunto Evola escribió que, en las condiciones de completa degradación del mundo de la posguerra, al acercarse al punto cíclico más bajo de la historia humana, en una situación en la que se ha descartado la posibilidad misma de una Revolución Conservadora, los «individuos diferenciados», es decir, las personas que pertenecen internamente al mundo de la Tradición, más que al mundo moderno desacralizado, solo tenían una opción: el «frente de las catacumbas», un intento desesperado por transformar el veneno en medicina mediante el rechazo personal de la existencia pervertida que los rodeaba.

Evola extrajo de su vida activa, intensa, trágica y heroica la sensación de que era imposible hacer realidad los ideales tradicionalistas y conservador-revolucionarios en el mundo moderno: dondequiera que las fuerzas antidemocráticas y anticomunistas lograran imponerse, permanecían en gran medida sordas a lo sagrado y no hacían intentos serios por una restauración genuina de la Tradición. Los verdaderos tradicionalistas continuaron permaneciendo en la periferia a lo largo de la breve historia de los Estados de la Tercera Posición.

Como resultado de numerosas manipulaciones de diversos conceptos conservadores-revolucionarios a nivel ideológico, partidista, político e incluso cultural, se volvió imposible separar el trigo de la paja, la verdad de la imitación. Los valores de «derecha», que deberían haber estado cercanos a los tradicionalistas, llegaron a identificarse con el capitalismo o con los intereses de la burocracia estatal, mientras que entre los valores de «izquierda», que deberían haber sido completamente ajenos a los tradicionalistas, aparecieron motivos de crítica justa, precisa y profunda a la civilización moderna antitradicional. Así, las proporciones entre «derecha» e «izquierda» se han desplazado y difuminado.

Además, las fuerzas «subversivas» de la contrainiciación —esa misteriosa organización que, según los tradicionalistas, controla los procesos negativos de la civilización— intentan utilizar el control intelectual, financiero y propagandístico para poner una amplia variedad de conceptos a su servicio, distorsionando su significado original de acuerdo con sus necesidades.

Por lo tanto, Evola llegó finalmente a la conclusión de que el único criterio de autenticidad para una persona que busca resistirse al mundo moderno es la calidad de la diferenciación interior y un rechazo orgánico de todos los valores de la civilización contemporánea, todos sus mitos y consignas, todas sus pseudo formas sagradas y pseudo-leyes. El trágico desenlace de los intentos fallidos de la Revolución Conservadora en Europa confirmó una vez más la necesidad de la fase inicial de «negación total», que el mismo Evola había experimentado en la práctica durante su juventud dadaísta.

Esta centralidad del tipo puro de «individuo diferenciado», más allá de la afiliación a partidos o grupos, más allá de la «derecha» y la «izquierda», se manifestó, en particular, en el hecho de que muchos seguidores italianos de Evola, a partir de la década de 1960, eligieron el camino del anarquismo de derecha. Esta interpretación de los conceptos de Evola no fue en absoluto un exceso ni una desviación del tradicionalismo ortodoxo.

Por el contrario, la desaparición de los últimos vestigios de la Tradición del ámbito civilizatorio, la victoria total de las fuerzas antisagradas, cosmopolitas y subversivas en todo el planeta, y la totalidad de la dictadura ideológica del sistema —todo esto obligó a quienes eran leales a la lógica de la Revolución Conservadora, es decir, la revolución contra el mundo de la antitradición y a favor de la preservación del mundo de la Tradición, a radicalizar el aspecto negativo y revolucionario de sus doctrinas, hasta el punto de adoptar una posición anarquista extrema. Pero este anarquismo de individuos diferenciados se distingue del anarquismo común en que percibe la negación total como una superación heroica: más allá de los límites de la negación misma no yace un abismo, sino el horizonte del mundo positivo y brillante del espíritu, el mundo de la Tradición, el mundo del Absoluto.

Algunos investigadores de la obra de Julius Evola, en particular Philippe Baillet, traductor de sus libros al francés y profundo conocedor de la obra y la vida de Evola, consideraban que el «imperialismo pagano», o más precisamente, la condición del imperialista pagano, era en cierto sentido la antítesis del «hombre diferenciado» del libro Cabalgar el tigre, el cual, a su vez, se acerca mucho más a su período dadaísta temprano (1). De hecho, si repasamos las etapas de la vida del barón Evola, veremos que la lógica del camino que lo llevó de ser un anarquista de derecha a un imperialista pagano y de regreso a ser un anarquista de derecha no es ni un círculo vicioso del destino, ni un signo de degradación, ni una renegación en relación con el tradicionalismo.

En todos los casos, nos encontramos ante el mismo tipo de personalidad humana: el «hombre diferenciado» (uomo differenziato). Este tipo constituye un punto de referencia fundamental e inmutable, una especie de presencia «no humana» dentro de una personalidad puramente humana, la presencia de una fuerza superior y espontánea que proviene de lo alto. A lo largo de la historia y con el paso del tiempo, no es este tipo en sí mismo el que cambia, sino el mundo externo a él, y estos cambios externos provocan reacciones correspondientes, que varían según las circunstancias.

En un período en el que los procesos antisagrados, antitradicionales y antiespirituales son evidentes en la civilización, cuando estos procesos comienzan a prevalecer, el «individuo diferenciado» enfatiza su rechazo al mundo externo, su negación, su anarquismo, su «no». Y aquí no estamos hablando de tendencias destructivas o creativas de una u otra naturaleza, sino de una reacción fundamental y profunda que es prácticamente imposible de imitar o calcular. En este caso, no importa si una persona propone valores alternativos o no; puede encontrarse en una situación en la que sea incapaz de hallar formas intelectuales o culturales adecuadas para expresar sus ideales internos.

Lo único que importa es que rechace orgánicamente el mundo desacralizado y se niegue a obedecer sus leyes, a reconocer sus prioridades o a sucumbir a la hipnosis de sus exhortaciones y amenazas. Pero, a diferencia de los nihilistas puros, a diferencia de los anarquistas de izquierda, ante el más mínimo indicio de procesos inversos de restauración espiritual en el mundo externo hacia el restablecimiento de la Tradición, el retorno a lo sagrado, el «hombre diferenciado» descubre de inmediato el lado afirmativo y creativo de su naturaleza interior, revela su gran «sí» interior, el «sí eterno del ser» («ewige Ja des Seins»), como escribió Nietzsche.

En ese momento, el mundo externo, al intentar revivir su sacralidad perdida, inevitablemente sugiere al «hombre diferenciado» términos constructivos para expresar su postura, que a veces pueden ser imprecisos o pragmáticos, pero que, en cualquier caso, reflejan un profundo impulso sagrado: vivo, concreto y orgánico.

Así, el «hombre diferenciado» se convierte en el creador y defensor del imperio cuando las tendencias hacia la restauración del orden sagrado —cuyo símbolo más elevado es el imperio sagrado— rompen la unidireccionalidad de los procesos de involución histórica, degradación y decadencia civilizatoria, cuando fuerzas nuevas y frescas se levantan contra el «ocaso de Europa».

Teniendo todo esto en cuenta, se puede afirmar de manera inequívoca que los cambios ideológicos en la cosmovisión de Julius Evola no reflejan su trayectoria privada e individual, sino el destino del arquetipo, el destino del «hombre diferenciado» por excelencia, la lógica de la lucha trágica del defensor de la Tradición en nuestra época oscura.

Cuando los intentos de llevar a cabo una Revolución Conservadora en el plano externo terminan en fracaso, cuando las fuerzas antisagradas vuelven a dominar por completo, sin dejar ninguna posibilidad externa de resistencia, entonces los motivos anárquicos vuelven a cobrar relevancia y se requiere una vez más la negación, aún más decisiva y absoluta, templada por la experiencia de las esperanzas frustradas. Pero ni siquiera este «no» es definitivo e irrevocable.

El «individuo diferenciado» no puede cambiar su naturaleza interna y convertirse en un nihilista clásico. Tan pronto como surja la primera oportunidad de cambiar nuevamente la situación externa, se abrirá una gran fuerza creativa al otro lado del anarquismo: una fuerza inmanente y concreta, global y que lo abarca todo, para la creación de un nuevo imperio o la restauración de uno antiguo, eterno y único.

Notas:

1. Philippe Baillet, “Un viatique pour l’homme noble quand il n’y a plus rien à aimer” en Julius Evola, Chevaucher le tigre (Paris: Guy Trédaniel, 1982).

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera